La Impecabilidad de María: un documental bíblico
octubre 31, 2026
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Hermano Pedro Dimond, O.S.B.

El dogma católico de la Inmaculada Concepción consiste en que la Santísima Virgen María:

“fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio del Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano…” (Papa Pío IX, Ineffabilis Deus, 1854).

Aquí es donde se prueba, desde la Biblia y desde las admisiones de los mismos protestantes, que María no tuvo la culpa del pecado original antes de que el Hijo de Dios se hiciera Hombre en su vientre. Este hecho bíblico nos lleva directamente a la verdad de la Inmaculada Concepción. Empecemos con Efesios capítulo 1.

Efesios 1, 5-7 describe el acto de gracia o de salvación inicial a través del cual Dios perdona todos los pecados, tanto el original como los actuales, del creyente. Describe el acto mediante el cual Dios agracia a alguien con los beneficios salvíficos de la redención de Jesucristo.

Efesios 1, 5-7: “5 [Dios] nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo, conforme a la benevolencia de su voluntad, 6 para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos otorgó gracia en el Amado,7 en quien, mediante su sangre, tenemos la redención, el perdón de nuestras transgresiones, según las riquezas de su gracia…”.

El acto de gracia, descrito aquí en Efesios 1, 5-7, se refiere específicamente en Ef. 1, 6 con la palabra griega de ἐχαρίτωσεν (ekharitosen), que significa ‘él otorgó gracia’. Esa palabra, ἐχαρίτωσεν (ekharitosen) es una forma del verbo Χαριτῶ, (kharito) que significa ‘yo otorgo gracia’, ‘yo hago grato’o ‘yo favorezco’.

Varios eruditos bíblicos protestantes reconocen que el uso del verbo Χαριτῶ, (kharito) en Efesios 1, 6 se refiere específicamente al acto de Dios en otorgar su gracia a un alma con el perdón total de los pecados y con los beneficios de la Redención. El efecto de ese acto de gracia se menciona en los versículos 5 a 7: ser hijos adoptivos, el perdón de las transgresiones, y la aplicación de la redención a la persona. Ese es el resultado de ese acto de gracia, con el  cual agració a los hombres, ἐχαρίτωσεν (ekharitosen) en el Amado.

Por ejemplo, el protestante erudito bíblico Peter T. O’Brien, en su comentario sobre Efesios, dice que Efesios 1, 6 describe:

“El acto de salvación por Jesucristo” (p. 95).

“En este párrafo la gracia y la salvación son virtualmente sinónimos” (p. 104).

“Los que alaban a Dios por la gloria de su gracia otorgada gratuitamente en Cristo [Ef. 1, 6] pueden regocijarse en ser librados de sus transgresiones [Ef. 1, 7] a través del sacrificio de su muerte en la cruz” (p. 105).

“La redención en vista [de Ef. 1, 7] es igual, o por lo menos en inclusión, al perdón de los pecados, ya que involucra ser rescatados del justo juicio de Dios de nuestras transgresiones” (p. 106).

Como podemos ver, él reconoce que el acto de gracia descrito en Ef. 1, 5-7 se refiere al creyente siendo rescatado o librado del estado de pecado a través de la aplicación de los beneficios redentores de Cristo a la persona.

De la misma manera, el protestante erudito bíblico Frank Thielman, en su comentario sobre Efesios, dice esto respecto al pasaje:

“Primero, Pablo alaba a Dios por la manera específica en que él otorgó gratuitamente su gracia a su pueblo en el Amado (cf. v.6b) […] En este caso, sin embargo, la redención no era sobre un rescate de la esclavitud literal o de un exilio, sino de un rescate de las transgresiones […] Ellos experimentaron la redención y el perdón, dice Pablo…” (p. 56).

“… el ‘nos’ del versículo 7 debe referirse a todos los que han experimentado la redención a través de la sangre del Hijo Amado de Dios…” (p. 75).

El protestante erudito bíblico Harold W. Hoehner también dijo esto acerca de Ef. 1, 6:

“Ello se refiere al favor inmerecido de Dios proporcionando la salvación para los pecadores a través del sacrificio de la muerte de Cristo…” (pp. 200-201).

“El creyente es visitado con la gracia. Él ha sido congraciado con la gracia” (p. 203).

¿Y cuál es esa gracia? Como se ve en el pasaje, y como es reconocido por numerosos comentaristas protestantes, ella es el acto de gracia por el cual Dios rescata al creyente a través de la aplicación de los beneficios redentores de Jesucristo a la persona. El acto de aplicar la redención a la persona resulta en el perdón total de sus pecados y está conectado con la gracia de la regeneración o nacer de nuevo. El verbo que describe ese acto, Χαρίτω (kharito), se usa solamente aquí en Efesios 1, 6 y en otra parte de todo el Nuevo Testamento. En la única otra parte en donde se usa en el Nuevo Testamento es en Lucas 1, 28, sobre la Virgen María, cuando el ángel le dice: ‘Salve, llena de gracia’. La palabra griega en Lucas 1, 28, que se traduce como ‘llena de gracia’ en una biblia católica, es κεχαριτωμένη (kekharitomeni).

κεχαριτωμένη (kekharitomeni) es una forma del participio pasivo perfecto de χαρίτω (kharito), mientras que ἐχαρίτωσεν (ekharitosen), la palabra usada en Efesios 1, 6 que significa ‘él otorgó gracia’, es la forma del aoristo indicativo activo en tercera persona singular del verbo χαριτῶ (kharito). Algunas traducciones protestantes interpretan κεχαριτωμένη (kekharitomeni) en Lucas 1, 28 como ‘muy favorecida’. Como es un participio perfecto pasivo en el caso vocativo –el caso de dirigirse directamente– una traducción literal de κεχαριτωμένη (kekharitomeni) en Lucas 1, 28 sería “Oh, la que has sido agraciada” u “Oh, agraciada”. Sin embargo, para esta discusión en particular, ni siquiera es necesario debatir sobre la traducción precisa en español de κεχαριτωμένη (kekharitomeni). Uno solamente necesita saber que la palabra griega κεχαριτωμένη (kekharitomeni), que se aplica a María en Lucas 1, 28, es una forma del verbo χαριτῶ (kharito) – el verbo que es usado solo otra vez en el Nuevo Testamento, o sea, en Efesios 1, 6.

Ahora, muchos protestantes, al igual que varias personas que han defendido la enseñanza de la Iglesia Católica tocante a María, están conscientes de este hecho: esto es, que el verbo χαριτῶ (kharito) solo se usa dos veces en el Nuevo Testamento: en Efesios 1, 6, por medio de la palabra ἐχαρίτωσεν (ekharitosen), y en Lucas 1, 28, en referencia a María, por medio de la palabra κεχαριτωμένη (kekharitomeni).

Sin embargo, los protestantes en realidad creen que este hecho va en contra de la enseñanza católica sobre la impecabilidad de María y su Inmaculada Concepción. Muchos de ellos usan la conexión entre Efesios 1, 6 y Lucas 1, 28 como un componente principal para su argumento contra la doctrina católica sobre María. Ellos reclaman que χαρίτω (kharito), el verbo que estamos discutiendo, no puede significar que María estuvo sin pecado y/o que no tuvo el pecado original en Lucas 1, 28 porque el mismo verbo se aplica a todos los verdaderos creyentes en Cristo de Efesios 1, 6.

Por ejemplo, el protestante Eric Svendsen, cuyos ataques contra la doctrina católica se han diseminado ampliamente, argumentó lo siguiente.

Eric D. Svendsen, Who Is My Mother?, p. 129, discutiendo el verbo Χαριτῶ y sobre su uso en Lucas 1, 28: “Él [Χαριτῶ] también aparece en Efesios 1, 6 donde se aplica a todos los creyentes. Como incluso declara McHugh, ‘no cabe duda que Lucas usa la palabra en el mismo sentido como el autor de Efesios’. ¿Acaso debemos concluir en base a esto que todos los creyentes no tienen pecado original?”.

El protestante James White, citando el argumento de Svendsen, afirmó de manera similar:

“¿La raíz del término lleva el sentido de impecabilidad? No, no lo lleva […] Svendsen señala a Efesios 1, 6 (como yo lo hice), que es el otro lugar donde se usa el verbo caritoo [χαριτῶ] en el Nuevo Testamento. Ninguna seria investigación del significado de kecharitomene [κεχαριτωμένη] podría posiblemente ignorar o restarle importancia al único otro uso del término en el NT”. -James White, The Catholic Verses: Luke 1:28, (Part II)

Varios otros protestantes, incluyendo a Norman Geisler y Ralph MacKenzie, Elliot Miller y Kenneth Samples, y otros, han argumentado del mismo modo.

Norman Geisler y Ralph MacKenzie, Roman Catholics and Evangelicals, p. 307: “Finalmente, como señalaron Miller y Samples […] el término griego para ‘llena de gracia’ es charito [χαριτῶ]. ‘Charito es usado para los creyentes en Efesios 1, 6 sin implicar la impecabilidad perfecta. Así que nuevamente no hay nada acerca de Lucas 1, 28 que establezca la doctrina de la inmaculada concepción’”.

Ellos presuponen que el uso de charito en Lucas 1, 28, en referencia a María, debería ser entendido según el único otro uso del verbo en el Nuevo Testamento, en Ef. 1, 6. Téngase eso presente.

Elliot Miller y Kenneth Samples, The Cult of the Virgin, Baker Books, p. 34: “Charito [χαριτῶ] es usado para los creyentes en Efesios 1, 6 sin implicar la impecabilidad perfecta. Así que nuevamente no hay nada acerca de Lucas 1, 28 que establezca la doctrina de la inmaculada concepción”.

Ahora, cuando numerosos defensores de la posición católica sobre María son enfrentados con este tipo de argumentación (al menos entre aquellos que han oído hablar de este argumento protestante) típicamente se han alejado de Efesios 1, 6 y su conexión con Lucas 1, 28. Ellos aparentemente se dejaron persuadir por la afirmación de los protestantes de que si el verbo χαριτῶ en Lucas 1, 28 debe ser entendido de la misma manera como su único otro uso en el NT, Ef. 1, 6, eso convertiría a María en  cualquier otra creyente.

Entonces, en vez de eso, ellos han argumentado que χαριτῶ (kharito), el verbo que hemos estado discutiendo, tiene un significado en Lucas 1, 28 como la forma del participio perfecto pasivo, que es distinto del significado que se da en Efesios 1, 6 en la forma del aoristo.

Pero mientras que muchos de ellos han presentado varios puntos excelentes sobre la enseñanza bíblica sobre María, esta respuesta o enfoque hacia el argumento no es correcta. Ella representa una oportunidad significativa que han pasado por alto. Esto es porque cuando los protestantes (tales como los ya citados) argumentan que el verbo Χαρίτω en Lucas 1, 28 debe ser entendido del mismo modo a como se usa en Efesios 1, 6, ellos en realidad acaban de probar que María estuvo libre de todo pecado, original y actual, antes del nacimiento de Jesucristo, cuando el ángel la saludó en Lucas 1, 28.

Ello se debe, como demostramos, a que los eruditos protestantes que han examinado detenidamente Efesios 1, 5-7 –y han escrito oficialmente comentarios exegéticos sobre el libro de Efesios– admiten, como se ve claramente por el contexto del pasaje, que el verbo χαριτῶ (kharito) en Ef. 1, 6 se refiere específicamente al acto por el cual Dios aplica los beneficios de la redención del Nuevo Testamento hacia el individuo y rescata a la persona de todos sus pecados, original y actual. La persona que ha recibido ese acto de gracia no lleva culpa del pecado original.

Este acto de salvación, del cual el creyente es agraciado con los beneficios de la redención y todos sus pecados son perdonados, está conectado con la gracia de la regeneración o el nacer de nuevo.

Juan 3, 3-5: “Jesús le respondió: ‘En verdad, en verdad, te digo, si uno no nace de lo alto, no puede ver el reino de Dios’. Nicodemo le dijo: ‘¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Puede acaso entrar en el seno de su madre y nacer de nuevo?” Jesús le respondió: ‘En verdad, en verdad, te digo, si uno no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de los cielos’”.

Con respecto al efecto de la regeneración, que también se llama el nuevo nacimiento o nacer de nuevo, el protestante John MacArthur declaró en su discurso The Blueprint For Being Born Again, o sea, El plan maestro para nacer de nuevo:

“… sino por su misericordia, por el lavamiento de –¿qué?– la regeneración. La regeneración es un nacer que elimina, que lava todas nuestras transgresiones”.

¿Se da cuenta de lo que esto significa? Quiere decir que cuando los protestantes argumentan y enseñan que κεχαριτωμένη (kekharitomeni) en Lucas 1, 28 (cualquier traducción que quieran darle, pero una traducción literal sería: Oh, agraciada) debería ser entendido de la misma manera como ἐχαρίτωσεν (ekharitosen) en Ef. 1, 6 (Él otorgó gracia), que es el único otro uso de χαριτῶ (kharito) en el Nuevo Testamento, ellos demuestran que cuando el ángel saludó a María, y dijo, “Salve, oh, agraciada”, él estaba declarando que María ya estaba en un estado donde ella no tenía transgresiones, ni original ni actual.

Ella ya estaba en un estado donde los beneficios de la redención del Nuevo Testamento se le habían aplicado a ella, exactamente como enseña la Iglesia católica. Ya estaba ella en un estado equivalente a la regeneración.

“La regeneración es un nacer que elimina, que lava todas nuestras transgresiones”.

El ángel halló a María en ese estado de gracia antes de que se concibiera en su vientre la humanidad de Jesucristo.

Por otra parte, en Efesios 1, 4, que se halla en el mismo contexto de Efesios 1, 5-7 y que además describe el efecto del acto de gracia en Efesios 1, 6, leemos que Dios “nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia…”. La palabra en el griego de sin mancha es ἀμώμους (amomus), una forma plural del adjetivo ἄμωμος (amomos). Según el Léxico BDAG ἄμωμος (amomos) significa “estar sin culpa y, por tanto, moralmente sin mancha”. El efecto del acto de gracia en Efesios 1, 6 es el que nos deja sin mancha o sin culpa. Eso refuta aún más a los protestantes que dicen que χαριτῶ (kharito) no puede lograr o no indica la impecabilidad. Pero, sí lo hace. La persona que es agraciada con los beneficios de la redención ha sido regenerada, liberada de todo pecado y dejada sin mancha en la presencia de Dios. Ese es el poder de la redención en Cristo Jesús y la eficacia de su gracia.

Ahora, hasta aquí es fascinante considerar lo que la Iglesia católica enseña dogmáticamente sobre el efecto de la regeneración o nacer de nuevo, y su conformidad perfecta a la verdad de las Escrituras que estamos discutiendo. La Iglesia católica enseña que cuando alguien recibe la gracia de la regeneración en el bautismo de agua, que es el sacramento de fe, no solamente se borra la culpa de todos sus pecados, sino también toda pena debida por esos pecados. Y como el alma recibe una nueva creación en ese renacer o regeneración, si la persona muriera inmediatamente después de haber nacido de nuevo en el bautismo, ella iría directamente al cielo.

Con respecto a la gracia de la regeneración, el Concilio de Trento declaró:

“Así, si no renacieran en Cristo, nunca serían justificados…”. (Sesión 6, capítulo 3 sobre la justificación).

“Porque en los renacidos […] nada hay de condenación […] desnudándose del hombre viejo y vistiéndose del nuevo, que fue creado según Dios, han sido hechos inocentes, inmaculados, puros, sin culpa…”. (Concilio de Trento, decreto sobre el pecado original, #5).

Observe que, según la Iglesia Católica, los renacidos en Cristo a través del instrumento del bautismo de agua son hechos, una vez recibida esa regeneración, inmaculados. La palabra en el original latín es immaculati.

Esa es exactamente la misma palabra que el Concilio de Trento utiliza, en el siguiente párrafo del decreto, para referirse a la inmaculada Virgen María: immaculatam Virginem Mariam. Es el mismo adjetivo, immaculatus, en ambos lugares, solamente que tienen diferentes letras al final para que la palabra se ajuste en la oración.

“Porque en los renacidos… han sido hechos inocentes, inmaculados [immaculati], puros, sin culpa…” (Concilio de Trento, decreto sobre el pecado original, #5).

“… la [...] inmaculada Virgen María [immaculatam Virginem Mariam]…” (Concilio de Trento, decreto sobre el pecado original, #6).

¿No es interesante que, así como la Escritura inspirada conecta el acto de gracia en Ef. 1, 6 –que aplica los beneficios de la redención del Nuevo Testamento (así como la regeneración) a un alma– junto con Lucas 1, 28 y con lo que María fue agraciada de manera singular antes de la encarnación, al usarse el verbo χαριτῶ (kharito) únicamente en estos dos lugares?  La Iglesia católica conecta los dos conceptos cuando aplica la palabra inmaculada tanto a las almas regeneradas como a María. Eso no es mera coincidencia. Así como Dios inspiró a las Escrituras para contener la verdadera revelación de Cristo, así también Él protege la enseñanza de su única verdadera Iglesia; y cuando su Iglesia establece su doctrina oficial, es entonces cuando establece infaliblemente la verdad, que es perfectamente consistente con las Escrituras y con la revelación de Jesucristo.

De hecho, una persona perceptiva debería ser capaz de reconocer que esta correspondencia constituye evidencia sorprendente de que la enseñanza católica se conforma perfectamente –e incluso sobrenaturalmente–  a la verdad de la Biblia. Puesto que es muy improbable que los padres del Concilio de Trento estuviesen pensando en la conexión del verbo entre Efesios 1, 6 y Lucas 1, 28 cuando ellos usaron la misma palabra para describir el estado de aquellos que acabarían de recibir la regeneración y del estado inmaculado del alma de María.

Y aunque los protestantes, por supuesto, tienen una opinión diferente sobre la naturaleza de la justificación, y si ésta cambia el alma interiormente (véase nuestro documental importante sobre la opinión protestante sobre la justificación para una completa discusión del tema), para el propósito de este punto en particular –esto es, para demostrar que María no tuvo culpa del pecado original cuando fue saludada por el ángel, así como se describe en Lucas 1, 28– la misma opinión de los protestantes sobre la justificación de hecho lo comprueba. Eso es porque ellos admiten que la persona agraciada en la manera descrita en Efesios 1, 6, con ese acto de gracia, ya no es rea ni es culpable del pecado original. Al reconocer que Lucas 1, 28 usa χαριτῶ (kharito) del modo como se usa en Efesios 1, 6, ellos deben lógicamente extender esa liberación de la culpa del pecado original a María antes del nacimiento de Jesucristo.

Por lo tanto, uno debería ser capaz de detectar la ceguera de Eric Svendsen cuando escribió:

“¿Acaso debemos concluir en base a esto que todos los creyentes no tienen pecado original?”.

La respuesta es, por supuesto, que aquellos que son verdaderamente agraciados del modo dicho en Efesios 1, 6 son liberados de la culpa del pecado original. Ese es el efecto de recibir primordialmente la aplicación de los beneficios de la redención de Cristo, como los mismos protestantes reclaman creer. Por ejemplo:

James White: “Esos pecados fueron imputados a uno que podía soportarlos y su perfecta justicia me ha sido imputada”.

Como ellos enseñan que están librados de la culpa del pecado original, basándose en el acto de gracia mencionado en Efesios 1, 6, sería totalmente inconsistente que ellos al mismo tiempo digan que María tuvo la culpa del pecado original cuando la Biblia específicamente extiende el acto de gracia en Efesios 1, 6 a ella por adelantado. Es evidente, por consiguiente, que sus propias declaraciones prueban que Lucas 1, 28 en realidad enseña la exención de María de la culpa del pecado original.

Ahora, algunos se preguntarán: si los creyentes recién regenerados son hechos inmaculados, eliminándose todos sus pecados, así como María fue hallada inmaculada y libre de todo pecado antes de la Encarnación, ¿eso quiere decir que los creyentes recién regenerados son incapaces de perder ese esplendor de perfección y de caer en pecado, ya que la Iglesia católica cree que María conservó su estado inmaculado?

Concilio de Trento, sesíon VI, canon 23:
“Si alguno dijere, que el hombre una vez justificado […] puede evitar todos los pecados en el discurso de su vida, aun los veniales, a no ser por especial privilegio divino como lo cree la Iglesia de la bienaventurada virgen María, sea anatema”.

Papa Pío XII, Mystici Corporis (#110), 29 de junio de 1943:
“Ella fue la que, libre de toda mancha personal y original […] nueva Eva…”.

Ciertas cosas deben abordarse sobre ese tema. En primer lugar, el dogma de la Inmaculada Concepción no trata directamente si María cayó posteriormente en un pecado personal. Más bien, el dogma declara que ella fue agraciada con los beneficios de la redención desde el primer instante de su existencia, y que ese acto de gracia la preservó de toda mancha del pecado original. Esa verdad es perfectamente consistente con las Escrituras y tiene fundamento en Lucas 1, 28, entre muchas otras cosas, como hemos visto y seguiremos analizando. Por lo tanto, independientemente de lo que piensen los protestantes de si se puede perder o no el perdón total concedido en Efesios 1, 6, cuando ellos reconocen que Χαρίτω (kharito) en Lucas 1, 28 debe ser entendido como se usa en Efesios 1, 6, ellos están reconociendo que María no tuvo la culpa del pecado original cuando el ángel la saludo.

En segundo lugar, el acto de gracia concedido a los nuevos creyentes, eliminando todos sus pecados, que es descrito en Efesios 1, 6 con la palabra echaritosen, es en el tiempo aoristo. El tiempo aoristo le da el sentido de que algo ocurrió en el pasado sin ninguna indicación necesaria de que sus efectos continuarían en el presente. El acto de gracia en Efesios 1, 6, que perdona todos sus pecados y los regenera, fue un acto de un momento dado. Tanto los católicos como los protestantes están de acuerdo en que el acto inicial de salvación venido de Dios, que incluye la regeneración, es algo que ocurre en un momento dado y que elimina todos los pecados de la persona. Que un creyente guarde o pueda perder ese estado de perdón total es, por ende, un asunto que debe ser evaluado a partir del resto de la enseñanza de Efesios y del Nuevo Testamento. Y, como aprendemos en el mismo libro de Efesios, aunque los verdaderos creyentes fueron regenerados y completamente perdonados por ese acto de gracia en Ef. 1, 6, ellos tienen una obligación de caminar dignamente a causa de su nuevo estado, y  pueden perder totalmente ese estado de gracia y su salvación si cometen pecado mortal.

Efesios 4, 17-18: “Esto, pues, digo y testifico en el Señor, que ya no andéis como andan los gentiles, conforme a la vanidad de su propio sentir, pues tienen entenebrecido el entendimiento, enajenados de la vida de Dios por la ignorancia que los domina a causa del endurecimiento de su corazón”.

(Obviamente, es posible que ellos anden como andan los gentiles y estén alejados de Dios.)

Efesios 4, 27: “… no déis lugar al diablo”.

Efesios 4, 29-30: “No salga de vuestra boca ninguna palabra viciosa, sino la que sirva para edificación, de modo que comunique gracia a los que oyen. Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios…”.

Eso se enseña claramente en Efesios capítulos 4 y 5. Por ejemplo, en Efesios 5, 5-11, san Pablo les da una advertencia directa a aquellos que él denomina “luz en el Señor”, es decir, a las personas que recibieron el acto de gracia de Ef. 1, 6. Él les dice que no se dejen engañar, pues ellos pueden perder el cielo a través de pecados graves.

Efesios 5, 5-11: “Pues habéis de saber que ningún fornicario, o impuro, o avaro, que es como un idólatra, tendrá parte en la heredad del reino de Cristo y de Dios. Nadie os engañe con vanas palabras, pues por estas cosas descarga la ira de Dios sobre los hijos de la desobediencia. No tengáis parte con ellos. Porque antes erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor. Andad, pues, como hijos de la luz – el fruto de la luz consiste en toda bondad y justicia y verdad – y discerniendo lo que es grato al Señor. No toméis parte con ellos en las obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, desenmascaradlas”.

Eso es muy claro, y se podrá hallar mucho más al respecto en nuestro documental sobre la justificación.

En tercer lugar, cuando una persona es agraciada con el perdón total, así como venimos discutiéndolo –en otras palabras, cuando una persona recibe la regeneración que, según la enseñanza católica, hace al alma inmaculada– eso no quiere decir que la cantidad de gracia de tal persona sea la misma que la de otra. Con respecto al acto por el cual uno es llamado o es incorporado al cuerpo de Cristo y, por tanto, al acto de gracia que hemos discutido, se dice en Efesios 4, 7:

Efesios 4, 7: “Pero a cada uno de nosotros le ha sido dada la gracia en la medida del don de Cristo”.

Cuando alguien es regenerado, su alma es librada por completo de la culpa del pecado; pero la cantidad de la gracia es en la medida del don de Cristo. Piénsese en dos contenedores, uno más grande que el otro. Los dos pueden ser llenados completamente con agua pura o, como analogía, llenos de gracia y libres de todo pecado, pero uno de los contenedores tiene mayor capacidad que el otro.

Por lo tanto, aunque la persona se hace inmaculada en el momento de la regeneración, y totalmente libre del pecado, eso no quiere decir que su cantidad de gracia sea la misma que la de la otra persona.

Entonces, algunos se preguntarán: si los creyentes que fueron librados del pecado original y actual por el acto de gracia mencionado en Efesios 1, 6, no obstante, pueden manchar esa perfección y hasta perder la salvación (como se enseña en Efesios 5, 5-11 y en muchos otros pasajes), ¿María, por tanto, también estuvo susceptible a caer en pecados, manchar su perfección o incluso perder la salvación? Si bien el dogma de la inmaculada concepción no proclama directamente que María no pudo haber pecado en su vida, como se dijo anteriormente, la respuesta a si María pecó y manchó su estado inmaculado está conectada con el tema de si María tuvo el pecado original al principio y después se le perdonó, o si ella fue agraciada con la redención del Nuevo Testamento en el primer instante de su vida y, por tanto, preservada de contraer el pecado original desde un principio. Esto es porque el pecado original daña tanto el alma como el cuerpo.

El pecado original no solamente mancha el alma; también debilita la carne con una inclinación hacia el pecado. A la inclinación hacia el pecado a veces se le llama concupiscencia. Básicamente es una falla del apetito sensible (al que a veces se le llama simplemente como ‘la carne’) en someterse por completo al intelecto y a la voluntad, que son las potencias intelectivas o espirituales del alma. Tal concupiscencia en los sentidos y en la carne es un resultado de haber sido concebido en pecado original.

San Pablo, en Romanos 7, 23, habla de la concupiscencia, o la inclinación hacia el pecado, que está presente en la carne.

Romanos 7, 23: “… mas veo otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente y me sojuzga a la ley del pecado que está en mis miembros”.

Él se refiere a la concupiscencia como otra ley en sus miembros que trabaja en contra de lo que su ser interior, su razón, le manda a hacer. Cuando alguien es perdonado en Cristo, su alma es librada de la culpa del pecado original y de todos sus pecados; pero su carne y sus sentidos aún siguen sujetos a la concupiscencia o a la inclinación al pecado. Los efectos de la concupiscencia se disminuyen por el bautismo, por las obras espirituales, los sacramentos y la gracia de Dios, pero la concupiscencia no se borra totalmente. El hecho de que la concupiscencia, además de los defectos humanos como resultado de la caída del hombre, como el sufrimiento y la muerte, no sea eliminada a través del perdón en esta vida, se debe a que la Redención es referida en la Escritura tanto en el presente como en el futuro: o sea, tenemos la redención del pecado para el alma que se puede recibir hoy en la verdadera fe, pero los que se salvarán deben esperar la redención futura para el cuerpo, como enseña Romanos 8, 23.

Romanos 8, 23: “Y no tan solo ella, sino que asimismo nosotros, los que tenemos las primicias del Espíritu, también gemimos en nuestro interior, aguardando la filiación, la redención de nuestro cuerpo”.

El perdón del pecado original, a través de la sangre de Jesucristo, no quita por completo, en esta vida, el defecto o daño que el pecado original realizó en el apetito sensible. Es por eso que cuando el Concilio de Trento declaró que los que renacen son hechos inmaculados y completamente limpios de los pecados original y actual, agregó que ellos todavía tienen la inclinación al pecado, la cual puede y debe ser resistida.

Concilio de Trento, decreto sobre el pecado original, # 5: “Confiesa no obstante, y cree este santo Concilio, que queda en los bautizados, la concupiscencia, o fomes, que como dejada para ejercicio, no puede dañar a los que no consienten, y la resisten varonilmente con la gracia de Jesucristo: por el contrario, aquel será coronado que legítimamente peleare. El santo Sínodo declara, que la Iglesia católica jamás ha entendido que esta concupiscencia, llamada alguna vez pecado por el Apóstol san Pablo, tenga este nombre, porque sea verdadera y propiamente pecado en los renacidos por el bautismo; sino porque dimana del pecado, e inclina a él. Si alguno sintiese lo contrario; sea anatema”.

Según la enseñanza católica, la inclinación al pecado o concupiscencia no es pecado en sí misma. Por la gracia de Dios, la concupiscencia puede ser resistida y, como lo enseña repetidamente el Nuevo Testamento, debe ser resistida hasta el punto de evitar el pecado mortal si una persona quiere retener la justificación y salvarse.

2 Pedro 2, 20-22: “Porque si los que se desligaron de las contaminaciones del mundo desde que conocieron al Señor y Salvador Jesucristo se dejan de nuevo enredar en ellas y son vencidos, su postrer estado ha venido a ser peor que el primero. Mejor les fuera no haber conocido el camino de la justicia que renegar, después de conocerlo, el santo mandato que les fue transmitido. En ellos se ha cumplido lo que expresa con verdad el dicho: ‘Un perro que vuelve a lo que vomitó’ y ‘una puerca lavada que va a revolcarse en el fango’”.

2 Pedro 1, 3-4: “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de Aquel que nos ha llamado a gloria y virtud; por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas fuésemos hechos partícipes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia”.

Esa es una razón por la que Jesús dice en Mt 16, 24: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo…”.

Aunque a menudo la concupiscencia es llamada ‘pecado’, y muchos protestantes la consideran, estrictamente hablando, como pecado, sabemos que en realidad no es un pecado en sí misma, sino más bien el efecto de haber sido concebidos en pecado original, porque cuando a una persona se le perdonan todos sus pecados – o es librada del pecado, como dice Romanos 6, 18 -  todavía tiene concupiscencia.

Romanos 6, 18: “y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia”.

Romanos 7, 23: “mas veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente y me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros”.

Él está libre del pecado, pero no de la concupiscencia. Luego, la concupiscencia no puede ser pecado. La concupiscencia es, más bien, un defecto en el apetito sensible por haber sido concebido en pecado original; y dado que el hombre está compuesto por cuerpo y alma, esta falta de sumisión perfecta del apetito sensible trabaja en contra del intelecto y de la voluntad del alma. Y cuando la voluntad escoge admitir la inclinación de la concupiscencia, en vez del orden del intelecto, esto puede influenciar fuertemente la voluntad y los actos del hombre. La concupiscencia, que no se retira en esta vida a través de la regeneración y la justificación, es una razón primaria por la cual los que recibieron el acto de la gracia mencionado en Efesios 1, 6 por lo general no retienen ese esplendor de la perfección y muchos pierden la gracia de Dios por completo. Las tentaciones del demonio también juegan un papel, por supuesto.

Efesios 1, 5-7: “5Habiéndonos [Dios] predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, 6para alabanza de la gloria de su gracia, en la cual nos hizo aceptos en el Amado, en quien tenemos redención por su sangre, la remisión de pecados, según las riquezas de su gracia”.

No obstante, si María, que recibió los beneficios de la redención del Nuevo Testamento por adelantado, como hemos demostrado, fue preservada incluso de contraer el pecado original, luego ella no solo había sido preservada de la culpa del pecado original, sino también de la concupiscencia de la carne que este pecado acarrea. Al no haber tenido concupiscencia, a ella se le facilitó preservar y mantener la plenitud de la perfección del estado inmaculado en su vida, de manera especial.

Es cierto que una persona concebida sin pecado original y, por lo tanto, sin concupiscencia —como Adán, Eva y María, y por supuesto, el Señor Jesucristo— aún podría ser tentada por factores externos, como el Diablo. Por eso Adán y Eva, quienes originalmente no tenían concupiscencia, cayeron en el pecado. Cedieron a esa tentación externa del Diablo. Pero María, la nueva Eva, no cayó en tales tentaciones externas.

Por cierto, la razón por la que una persona preservada de incluso contraer el pecado original hubiera sido preservada de la concupiscencia, pero no necesariamente de los defectos humanos generales (como el sufrimiento y la muerte, que también son el resultado de la caída del hombre), es que la concupiscencia, aunque no es pecado en sí misma, tiene como consecuencia una inclinación personal a la imperfección moral o a pecar, mientras que el sufrimiento y la muerte no.

Hemos establecido que María fue agraciada de una forma única – con los beneficios de la redención del Nuevo Testamento por adelantado. Como veremos, Dios la agració solo a ella por adelantado, precisamente porque no hubiera sido apropiado para la Segunda Persona de la Santísima Trinidad hacerse carne en un recipiente que hubiera sido manchado por el pecado original. Su santidad es incompatible con esto. Por eso María tenía que ser, y fue, agraciada con la preservación del pecado original desde el primer momento de su existencia.

Dios es el salvador de María, y ella lo declara explícitamente en Lucas 1, 47.

Lucas 1, 47: “y mi espíritu se ha regocijado en Dios mi Salvador…”.

Con respecto a cómo aquellos que entran en el Cielo finalmente serán presentados ante Dios, completamente purificados y sin culpa, la Biblia enseña que Dios puede salvar a una persona preservándola de caer en el pecado, como leemos en Judas 1, 24-25.

Judas 1, 24-25: “Y a Aquél que es poderoso para guardaros sin caída y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría, al único sabio Dios Salvador nuestro, sea gloria y majestad, dominio y potestad, ahora y siempre. Amén”. [Leer hasta la parte que dice “Salvador nuestro” pero mostrar todo el versículo]

La palabra griega para sin mancha en este pasaje es ἀμώμους (amomus),  una forma de la palabra ἄμωμος (amomos). Esa es la misma palabra usada en Efesios 1, 4. ¿No es interesante que la Biblia hable de cómo Dios puede preservar o salvar a las personas de caer en el mismo versículo en el que habla de cómo Él presentará a las personas sin culpa delante de Él? En el caso de aquellas que acaben en el Cielo, Dios fue capaz de preservarlas de caer en pecados condenables para que pudieran salvarse y ser presentadas sin culpa en el Cielo ante Él.

En el caso de María, como era oportuno para su papel exclusivo en la encarnación del Hijo de Dios, fue preservada de caer en pecado original y preservada sin culpa de sus efectos en el cuerpo y en el alma. Así fue como Dios la salvó. Él evitó que ella cayera en el pecado original y esto fue lo apropiado para la concepción de la humanidad del Hijo de Dios en su vientre.

De hecho, cuando usted reflexiona sobre ello, el acto de gracia de Efesios 1, 6 tiene el efecto adicional de preservar del pecado original simplemente si una persona recibió ese acto de gracia en el primer momento de su vida. Considérese, por ejemplo, un fondo fiduciario que ha sido establecido para que alguien lo herede. Suponga que el fondo contiene una gran cantidad de dinero. Si una persona recibiera ese fondo cerca del fin de su vida, después de que él o ella ya hubiera acumulado alguna deuda, el fondo tendría el efecto de habilitar a la persona para liquidar la deuda que había sido acumulada. Pero si una persona obtiene los mismos fondos en el momento en que él o ella entra en la vida adulta antes de haber acumulado alguna deuda, el fondo tendría el efecto de preservar a esa persona de incluso acumular deuda. Es el mismo fondo, es la misma verdad, es la misma gracia, si se quiere, pero tendría el beneficio adicional de preservar a la persona de la deuda simplemente si él o ella recibieron ese fondo en el mismo momento en que comenzó su vida adulta.

De una manera parecida, si una persona contrae el pecado original y luego es agraciada con la redención del Nuevo Testamento, el acto de gracia tiene el efecto de perdonar ese pecado. Pero si María, que recibió la gracia de la redención del Nuevo Testamento de forma exclusiva por adelantado, fue agraciada en el momento de la concepción, el acto de gracia habría tenido el efecto de preservarla de toda mancha del pecado original. Y, como lo estamos demostrando, así fue como Dios la salvó. Él la agració desde el inicio de su vida para preservarla de caer en el pecado original como era apropiado para su papel único en la concepción de la humanidad del Hijo de Dios en su vientre.

1 Juan 1, 8

Ahora, antes de continuar, es necesario abordar rápidamente otras objeciones. Primero, las personas citan a menudo 1 Juan 1, 8 para alegar que María tuvo pecado.

“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros”.

Pero ese argumento falla por numerosas razones.

1 Juan 1, 8: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros”.

1 Juan 2, 2: “Y Él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”.

Primero, en 1 Juan 2, 2, que es el contexto inmediato de 1 Juan 1, 8 porque no había divisiones por capítulos en la Biblia original, Juan hace una distinción entre ‘nuestros pecados’ y los del mundo entero. Por lo tanto, cuando él dice en 1 Juan 1, 8 “Si decimos que no tenemos pecado”, no se está refiriendo al mundo entero. Porque en ese mismo contexto él distingue al grupo señalado por ‘nuestros’, y por ende nosotros, del grupo señalado por el mundo entero. Eso prueba que su declaración en 1 Juan 1, 8 “Si decimos que no tenemos pecado” no es una declaración absoluta universal aplicada a todo individuo particular en el mundo entero. Más bien, como lo demuestra el contexto, es una declaración que aplica en general a su audiencia presente que estará confesando sus pecados personales (vea 1 Juan 1, 9).

1 Juan 1, 8: “Si decimos que no tenemos pecado nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros”.

1 Juan 1, 9: “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad”.

1 Juan 2, 2: “Y Él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”.

Porque si ellos hubieran dicho que no tenían pecado, especialmente cuando estuvieran confesando sus pecados, por supuesto que estarían mintiendo. Este pasaje no trata acerca de María, de la cual el Nuevo Testamento enseña que fue agraciada por adelantado.

Romanos 3 y 5

Romanos 3, 9: “…porque ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado”.

Romanos 3, 23: “por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”.

Romanos 5, 12: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”.

Siguiendo, las personas también traen a colación Romanos capítulos 3 y 5 para alegar que María tuvo que haber contraído el pecado original porque los efectos del pecado de Adán son universales. Pero ese argumento también falla en probar que María no fue agraciada con la preservación del pecado original. Primero, solamente la Iglesia católica enseña en realidad que el pecado original lo contraen todas las personas con las únicas excepciones de Jesús y María. Ello es porque básicamente todos los protestantes y no católicos sostienen que muchos niños que mueren en el vientre, que muchos que mueren en la infancia, y muchos de mentalidad deficiente, van al cielo incluso si ellos no vienen a la fe de Cristo  o no reciben el sacramento del bautismo.

Capítulo 10, sobre el llamado efectivo: “Los infantes escogidos, que mueren en la infancia, son regenerados, y salvados por Cristo, a través del Espíritu, que trabaja cuando, como y donde le place: así también con las otras personas escogidas que son incapaces de ser llamados exteriormente por el ministerio de la palabra” (Confesión de Fe de Westminster de 1646, Declaración de Savoy de 1658, y Confesión de Fe Bautista de Londres de 1689).

Por otro lado, la Iglesia católica enseña que, como consecuencia del pecado original, los niños y aquellos que son como ellos que mueren sin el bautismo y, por ende, sin la regeneración e incorporación al Cuerpo de Cristo, no pueden heredar el cielo.

Papa San Inocencio, 414 d.C.: “Puesto que vuestra fraternidad hace valer la predicación de los pelagianos, de que incluso sin la gracia del bautismo los niños pueden ser premiados con las recompensas de la vida eterna, es bastante estúpido”.

San Agustín, carta a Jerónimo, 415 d.C.: “Cualquiera que diga que incluso los infantes que pasan de esta vida sin la participación en el Sacramento [del Bautismo] serán vivificados en Cristo, verdaderamente va en contra de la predicación del Apóstol y condena a toda la Iglesia…”.

Papa San Zósimo, Concilio de Cartago, canon sobre el pecado y la gracia, 417 d.C.: “También se ha decidido, que si alguno dijese que por esta razón el Señor dijo: ‘En la casa de mi Padre hay muchas moradas’ (Juan 14, 2), que ello pueda entenderse que en el reino de los cielos habrá algún lugar intermedio o cualquier otro lugar donde viven los niños que partieron de esta vida sin el bautismo, sin el cual no pueden entrar en el reino de los cielos, que es la vida eterna, sea anatema”.

Papa Eugenio IV, Concilio de Florencia, sesión 11, 4 de febrero de 1441, ex cathedra: “En cuanto a los niños […] no puede socorrérseles con otro remedio que con el sacramento del bautismo, por el que son librados del dominio del diablo [el pecado original] y adoptados por hijos de Dios…”.

Papa Paulo III, Concilio de Trento, del pecado original, sesión V, ex cathedra: “Si alguno niega que hayan de ser bautizados los niños recién salidos del seno de su madre, aun cuando procedan de padres bautizados, o dice que son bautizados para la remisión de los pecados, pero que de Adán no contraen nada del pecado original que haya necesidad de ser expiado en el lavatorio de la regeneración para conseguir la vida eterna, de donde se sigue que la forma del bautismo para la remisión de los pecados se entiende en ellos no como verdadera, sino como falsa: sea anatema”.

La Iglesia enseña que si ellos mueren sin el bautismo, van a una parte del infierno donde no hay fuego. No pueden ir al cielo porque retienen la culpa del pecado original; y Dios, en su infinita sabiduría y providencia, les permitió morir en el pecado de Adán por alguna razón.

Juan 3, 3-5: “Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo: El que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”.

Claramente es bíblico que una persona no puede entrar en el cielo si retiene la culpa del pecado original y no ha sido perdonada de este en Cristo.

El pecado original es en su esencia una privación del don sobrenatural de la gracia santificante que Dios le otorgó a Adán y a Eva en el estado de justicia original. La pérdida de Adán y Eva de la gracia santificante se acompañó de la pérdida de otros dones que les habían sido dados en el estado de justicia original, pero la pérdida de la gracia santificante fue la más significativa.

2 Pedro 1, 3-4: “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de Aquél que nos ha llamado a gloria y virtud; por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas fuésemos hechos participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia”.

Nótese que la gracia santificante es un don sobrenatural, es decir, es un don que está por encima de la naturaleza humana y que fue dado por Dios a Adán y a Eva. El hombre necesita ese don sobrenatural o gracia santificante para obtener el cielo. Adán lo perdió para su descendencia y solo Cristo lo restaura.

Así pues, si los protestantes sostienen que muchos de los que mueren como infantes van al cielo, incluso sin el bautismo y/o sin la fe en Cristo, su posición es que esos individuos tampoco tuvieron el pecado original nunca (y por lo tanto que había excepciones a la regla) o que Dios secreta e invisiblemente rescató a un gran número de esas personas de la culpa del pecado original sin el bautismo o la fe en Cristo. Según tal postura, Dios los libró de la culpa del pecado original de una forma no divulgada por revelación. Sostener tal posición es, realmente, promover excepciones a los efectos del pecado original para todas las categorías de personas. Ninguno que tome tal posición (y eso incluye a básicamente todos los protestantes) puede al mismo tiempo argumentar consistentemente que los pasajes en Romanos 3 y 5 sobre la universalidad del pecado original excluyen absolutamente una excepción singular en el caso de María, en especial cuando en la Escritura en el Nuevo Testamento hay una enseñanza explícita de que María fue singular y exclusivamente agraciada con los beneficios de la redención del Nuevo Testamento y con la libertad del pecado por adelantado, como hemos visto.

Hay también evidencia abundante en la Escritura, como veremos, de que María, como la Nueva Eva y el arca de la nueva alianza, fue agraciada con la preservación de todo pecado desde el momento de su creación para ser un recipiente adecuado para el Dios Hombre. Otra forma de decirlo es que sí, absolutamente todos los hombres en Adán murieron y heredaron el pecado original, a menos que una persona sea agraciada con la redención del Nuevo Testamento desde el primer momento de su existencia para ser prevenida de él; y, como estamos demostrando, eso es lo que la Biblia enseña con respecto a María. Los protestantes por supuesto también sostienen que Jesucristo, aunque fue verdaderamente hombre, además de ser Dios, no contrajo el pecado original. Por lo tanto, ellos sostienen que Él es una excepción a la regla general.

Sobre este asunto, es importante citar Romanos 5, 18.

Romanos 5, 18: “Así que, como por el pecado de uno vino la condenación a todos los hombres, así también, por la justicia de uno, vino la gracia a todos los hombres para justificación de vida”.

Pues bien, los protestantes admiten que no todos los hombres reciben la justificación. Ellos no creen en la salvación universal. Ellos citarán otros pasajes en la Biblia para dejar claro que por ‘todos’ en romanos 5, 18 San Pablo no quiso decir que todos los hombres se justificaban por el acto de Cristo, sino que solo describe a aquellos que realmente reciben los méritos de Jesucristo. Bien, del mismo modo, la enseñanza de que por medio de un hombre todos han pecado, etc., se refiere a aquellos que realmente reciben los efectos del pecado de Adán, no a aquellos de quienes la Escritura indica que son excepciones (a saber, el Dios Hombre, por supuesto, y la singularmente agraciada María).

También debe observarse que el contexto de romanos 3 es acerca de cómo todas las naciones de judíos y gentiles están bajo el pecado. Por supuesto que esto es verdad. Eso no excluye excepciones singulares al pecado original cuando la Escritura da evidencia de que estas existen (como en los casos de Jesús y María).

A este respecto, es muy importante enfatizar que la forma de la justificación disponible en el Antiguo Testamento era una preliminar e inferior que no proporcionaba la verdadera justificación y perfección disponibles en el tiempo del Nuevo Testamento. Hebreos capítulos 7-11 dejan completamente claro que la perfección no era alcanzable bajo el sacerdocio levítico y la Antigua Alianza. De lo contrario, Cristo no hubiera necesitado venir. La Antigua Alianza era inferior y basada en promesas inferiores.

Hebreos 7, 11: “Así que, si la perfección fuera por el sacerdocio levítico (porque bajo él recibió el pueblo la ley) ¿qué necesidad había aún de que se levantase otro sacerdote según el orden de Melquisedec […] ?”.

Hebreos 7, 18-19: “Porque ciertamente el mandamiento precedente es abrogado por su debilidad e ineficacia. Porque la ley nada perfeccionó; mas lo hizo la introducción de mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios”.

Hebreos 8, 6: “Mas ahora tanto mejor ministerio es el suyo, por cuanto Él es el mediador de un mejor testamento, que ha sido establecido sobre mejores promesas”.

Hebreos 9, 15: “Y por causa de esto Él es mediador del nuevo testamento, para que interviniendo muerte para la redención de las transgresiones que había bajo el primer testamento, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna”.

Hebreos 10, 1: “Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan”.

Hebreos 10, 4: “Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados”.

El erudito bíblico no católico F.F. Bruce expresa básicamente esto correctamente cuando escribió:

F.F Bruce: “La primera alianza proporcionaba una medida de expiación y remisión de los pecados cometidos bajo ella, pero era incapaz de proporcionar ‘redención eterna’; esta era una bendición que había de esperar la inauguración de la nueva alianza, que personifica la promesa de Dios a su pueblo, ‘porque perdonaré la maldad de ellos y no me acordaré más de su pecado’ (Jeremías 31, 34)” (The Epistle to the Hebrews — Revised Edition, Grand Rapids: Eerdmans, 1990, p. 230).

El pecado original solo se perdona, y la perfección solo se otorga, a través de la redención de Jesucristo. Solo viene a través de la aplicación a una persona de los beneficios redentores de Cristo. Aquellos justificados en el Antiguo Testamento podían alcanzar una amistad preliminar con Dios, que los capacitaba para esperar la redención de Jesucristo y así evitar el infierno, pero ellos aún estaban cautivos y no podían ser perfectos hasta que recibieran la redención por su sangre.

Precisamente por eso, hebreos 11, 39-40 dice lo siguiente acerca de las figuras más grandes de la fe en el Antiguo Testamento, incluyendo a Abraham, Moisés y otros.

Hebreos 11, 39-40: “Y todos éstos, aunque obtuvieron buen testimonio mediante la fe, no recibieron la promesa; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados sin nosotros”.

Nótese, las grandes figuras de la fe no podían ser perfeccionadas en el tiempo del Antiguo Testamento. También es por eso que las personas no podían entrar al Cielo hasta después de que Jesucristo viniera a redimir el mundo. La gracia y la verdad vinieron por Jesucristo (Juan 1, 17).

Jesucristo, el Cordero de Dios, es el que quita el pecado del mundo (Juan 1, 29).

Juan 1, 29: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.

Él, y solo Él, es el salvador y redentor de la humanidad que canceló el manuscrito de las ordenanzas que había contra nosotros (Colosenses 2, 14).

Colosenses 2, 14: “Cancelando el manuscrito de las ordenanzas que había contra nosotros, que nos era contrario, quitándolo de en medio y clavándolo en la cruz”.

Es por eso que en la carta a los efesios, San Pablo, escribiéndoles a los judíos y a los gentiles, los describe a todos como hijos de ira por naturaleza que necesitaban el perdón de Cristo (Efesios 2, 3).

Efesios 2, 3: “entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo; en la concupiscencia de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás”.

Lo que esto significa es que cuando María recibió la gracia de la Redención del Nuevo Testamento de manera exclusiva por adelantado, como lo hemos demostrado, ella fue agraciada con algo – una perfección y una completa libertad del pecado – a lo que ninguna otra persona antes de la resurrección de Cristo había tenido acceso. Únicamente le fue dado a ella.

Entonces, la pregunta es: ¿Por qué María fue la única agraciada de esta forma por adelantado? Hay una razón para ello. Ella tenía que ser agraciada desde el primer momento de su concepción, y preservada de contraer incluso el pecado original, para que su cuerpo y alma fueran dignos recipientes para contener al Hijo de Dios.

1 Corintios 15, 45: “Y así está escrito: El primer hombre, Adán, fue hecho un alma viviente; el postrer Adán, un espíritu vivificante”.

Romanos 5, 14: “…Adán; el cual es figura del que había de venir”.

1 Corintios 15, 45 y romanos 5, 14 nos informan que Jesús es el nuevo Adán. Jesús, que solo Él es el redentor y salvador de la humanidad, como lo declara solemnemente el Concilio de Trento, revocó la maldición de Adán.

Papa Pío IV, Concilio de Trento, sesión 25, De la invocación, veneración y reliquias de los Santos, y sobre las sagradas imágenes, ex cathedra: “… Jesucristo Señor nuestro, que es nuestro único redentor y salvador...”.

Así como un hombre (Adán) hundió al mundo en el pecado, otro hombre, el Dios Hombre Jesucristo, salva al mundo de sus pecados.

Pero así como “la mujer”, Eva, estuvo estrechamente involucrada en los eventos que llevaron al pecado original de Adán, como leemos en Génesis 3, hay otra mujer que está estrechamente involucrada en los eventos que llevaron a la redención.

Génesis 3, 4-6: “Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; mas sabe Dios que el día que comiereis de él serán abiertos vuestros ojos, y seréis como dioses sabiendo el bien y el mal. Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer y que era agradable a los ojos y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella”.

Lucas 1, 31: “Y he aquí concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y llamarás su nombre Jesús”.

Esa Mujer es María, la madre de Jesucristo. Por eso ella es referida como ‘mujer’ en los Evangelios.

Juan 2, 4: “Jesús le dijo […] mujer…”.

Juan 19, 26: “Y cuando Jesús vio a su madre y al discípulo a quien Él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo”.

Por lo general, un hijo en ese tiempo no llamaba a su madre por el nombre de ‘mujer’, como varios protestantes lo reconocen.

Eric D. Svendsen, Who Is My Mother?, p. 181: “Incluso los eruditos católicos reconocen que el título ‘mujer’ (γύναι) ‘no está atestiguado en referencia a la madre de uno’”.

Eric D. Svendsen, Who Is My Mother?, pp. 181-182: “… los eruditos han notado que ‘no hay precedentes en el hebreo ni, hasta donde sabemos, en griego, de que un hijo se dirija a su madre [como ‘mujer’]’”.

Ella es llamada ‘mujer’ en los Evangelios porque ella es la nueva Eva, como lo confirman los numerosos paralelos bíblicos entre María y Eva y como los antiguos padres de los periodos primitivos de la historia de la Iglesia (incluyendo a San Justino Mártir y a San Ireneo) lo reconocen.

San Justino Mártir, 165 d.C. Diálogo con Trifón: “Él [Cristo] se hizo hombre por la Virgen, para que la desobediencia que provino de la serpiente pudiera recibir su destrucción de la misma forma en que derivó su origen. Por Eva, que era virgen e inmaculada, habiendo concebido la palabra de la serpiente, se suscitó la desobediencia y la muerte. Pero la Virgen María recibió la fe y el gozo, cuando el ángel Gabriel le anunció las buenas nuevas […] y ella replicó, ‘Hágase en mí según tu palabra’”.

San Ireneo, 180 d.C., Contra las herejías, libro 3, cap. 22, #4: “En consecuencia, entonces, se encuentra que María la Virgen fue obediente, diciendo, ‘He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’. Eva, sin embargo, fue desobediente y, aunque aún era virgen, ella no obedeció […] Por ende, el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María. Lo que la Virgen Eva había atado en la incredulidad, la Virgen María lo desató a través de la fe”.

De hecho, el protestante Eric Svendsen admite que había “una tendencia generalizada entre los primeros padres a ver a María como un antitipo [esto es, el cumplimiento en el Nuevo Testamento] de Eva”. (Eric D. Svendsen, Who Is My Mother?, p. 304)

Entonces, el alma de Eva, así como la de Adán, fue creada sin el pecado original. Adán y Eva fueron creados en un estado de justicia original.

Si Dios creó a la primera mujer (a la primera Eva) sin ningún pecado, luego Él pudo crear a la segunda y más grande Eva (la Bienaventurada Virgen María) y preservarla de todo pecado. Eso fue exactamente lo que Él hizo. Esto era lo apropiado en consideración de su propia santidad, porque Él se volvería un hombre en su vientre.

De hecho, cuando Adán y Eva cayeron en el pecado original, Dios le dijo a Eva: “Multiplicaré en gran manera tus dolores” y “con dolor darás a luz los hijos”.

Génesis 3, 16: “A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera tus dolores y tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido y él señoreará sobre ti”.

La penalización por el pecado original de Eva se asoció con el dolor. No es una mera coincidencia que el ángel le dijera a María: kaire, en Lucas 1, 28, que comúnmente se traduce como Salve, pero literalmente significa regocijarse. Regocijarse es lo opuesto a dolerse. María, en el mismo contexto de ser llamada oh, agraciada, se le dice que se regocije porque ella es la antítesis de Eva, preservada de su mancha.

María también dijo: “Y mi espíritu se ha regocijado en Dios mi salvador”.

Lucas 1, 47: “Y mi espíritu se ha regocijado en Dios mi salvador…”.

Cuando Adán y Eva cayeron en el pecado original, Dios también le dijo a Adán que él era “maldito”.

Génesis 3, 17: “Y al hombre [a Adán] dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu esposa y comiste del árbol del que te mandé, diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida”.

Pero, en Lucas 1, 42, Isabel le dice a María “Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre”.

Lucas 1, 42: “y [Isabel] exclamó a gran voz y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre”.

Nótese la descripción paralela. María es llamada bendita en el mismo contexto y con la misma descripción, así como Jesús, el fruto de su vientre, es llamado bendito. Si bien Él, por supuesto, es verdadero Dios y verdadero hombre, y María fue solo una criatura, los dos son llamados benditos con la misma descripción y en el mismo contexto porque, así como el nuevo Adán y la nueva Eva, ellos fueron preservados de la culpa y de la maldición del pecado de Adán.

Lucas 1, 38: “Entonces María dijo […] hágase en mí conforme a tu palabra. Y el ángel se fue de ella”.

Génesis 3, 4-6: “Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis […] Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer […] y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella”.

El hecho de que María es la nueva Eva, que con su fiat “hágase en mí” en Lucas 1, 38 dio marcha atrás a la desobediencia de Eva, es también la razón por la que en Génesis 3, 15 dice que Dios pondrá enemistad – esto es, hostilidad, división u oposición – entre la serpiente y “la mujer”.

Génesis 3, 15: “Y pondré enemistad [hostilidad/división/oposición] entre ti [la serpiente] y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; Él* te herirá en la cabeza…”.

* Algunos arguyen que “esto“ o “ella” es la interpretación adecuada de la palabra anterior a “te herirá”. 

En esa profecía de Génesis 3, 15, que habla acerca de una mujer en oposición a la serpiente, leemos acerca de la victoria que se le otorgará a través de su simiente.

Génesis 3, 15: “Y pondré enemistad [hostilidad/división/oposición] entre ti [la serpiente] y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; Él* te herirá en la cabeza…”.

En la Biblia, el hijo de un hombre y su descendencia se describen como su simiente. La simiente de la mujer, por lo tanto, es inusual. En Génesis 3, 15 se refiere a un hijo producto de solamente una mujer. La profecía sobre la simiente de la mujer se refiere a la concepción virginal de Jesucristo en el vientre de María.

De hecho, muchos protestantes admiten y profesan que Jesucristo es la simiente de la mujer profetizada en Génesis 3, 15.

Confesión de Fe de Westminster de 1646, Declaración de Savoy de 1658, y Confesión de Fe Bautista de Londres de 1689, capítulo 8, sobre Cristo el mediador: “…Él [Cristo] fue revelado y significó ser la simiente de la mujer [Génesis 3, 15] que debía magullar la cabeza de la serpiente”.

Ya que la simiente de la mujer es Jesucristo, la mujer que fue identificada como haciéndole oposición a la serpiente es María, la madre de Jesús. La mujer no es Eva, que fue derrotada por la serpiente. Es María.

Génesis 3, 15: “Y pondré enemistad [hostilidad/división/oposición] entre ti [la serpiente] y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; Él* te herirá en la cabeza…”.

Génesis 3, 16: “A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera tus dolores y tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido y él señoreará sobre ti”.

Esto también se confirma por el fuerte contraste entre la profecía de Génesis 3, 15 y las palabras de Dios a Eva en el versículo siguiente, Génesis 3, 16. En Génesis 3, 15, Dios habla en términos triunfantes sobre la oposición que “la mujer” le hará a la serpiente y la victoria que será conseguida por su simiente, mientras que en el siguiente versículo, Génesis 3, 16, Dios se dirige a Eva en muy diferentes términos. Él describe la existencia de Eva como una que se caracterizará por dolor y una mayor sumisión. Esto indica sobremanera que se está hablando de dos mujeres diferentes. La oposición de María a la serpiente y la futura victoria de su simiente, Jesucristo, se profetiza en Génesis 3, 15, mientras que el castigo de Eva se menciona en Génesis 3, 16. Por lo tanto, María es la mujer de la profecía de Génesis 3, 15.

Ya que Dios profetizó que el pondría oposición entre la serpiente y la mujer, María debió haber sido preservada del pecado original. Eso es porque aquellos en pecado original son por naturaleza hijos de ira y del demonio (efesios 2, 3). La única forma de que la mujer hubiera podido tener completa oposición a la serpiente, en cumplimiento de la profecía, es siendo preservada del pecado original. De hecho, convenía que el nuevo Adán y la nueva Eva de la nueva humanidad que sería redimida en Cristo, Jesús y María, fueran ambos preservados del pecado original y así poseer la impecabilidad original en el cuerpo y en el alma que Adán y Eva tuvieron antes de caer.

María también es el Arca de la Nueva Alianza. El Arca de la Antigua Alianza fue el cofre sagrado que estaba acompañada por la presencia espiritual de Dios, su nube de gloria. Contenía las sagradas tablas con las palabras escritas de Dios, así como el maná del desierto, y la vara de Aarón que significaba el verdadero sumo sacerdocio. Pues bien, María contenía a Jesucristo. Jesús es el Verbo de Dios en sí mismo (Juan 1, 1), el verdadero maná del cielo (Juan 6, 48-51)  y el verdadero Sumo Sacerdote (hebreos 3, 1).

Juan 1, 1 – Jesús es “el Verbo” de Dios en sí mismo.

Apocalipsis 19,13: “… y su nombre es llamado El Verbo de Dios”.

Juan 6 48-51: “Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. He aquí el pan que desciende del cielo para que el que de él comiere no muera. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo”.

Hebreos 3, 1: “… considerad al Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús”.

Hebreos 9, 4: “… y el arca del pacto, cubierta toda ella de oro, en la cual estaba una urna de oro que contenía el maná y la vara de Aarón que reverdeció y las tablas del pacto [el Verbo de Dios]”.

El arca del Antiguo Testamento fue definitivamente un tipo de la Virgen María, puesto que su contenido era un tipo de Jesucristo. No hay ninguna duda al respecto. Eso se hace aún más claro por el paralelismo entre lo que dice 2 Samuel 6 sobre el arca del Antiguo Testamento y lo que Lucas capítulo 1 dice sobre María.

En 2 Samuel 6, 9,

David dice: “¿Cómo ha de venir a mí el arca del Señor?”

En Lucas 1, 43 Isabel dice, en referencia a María,

“¿Y de dónde esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?”

En 2 Samuel 6, 16, David saltó delante del arca.

2 Samuel 6, 16: “Y, cuando el arca del Señor llegó a la ciudad de David, aconteció que Micol hija de Saúl, miró desde una ventana y vio al rey David saltando y danzando delante del Señor”.

En Lucas 1, 41-44, el niño saltó en presencia de María.

Lucas 1, 41-44: “Y aconteció que, cuando oyó Isabel la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; e Isabel […] exclamó […] tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre”.

En 2 Samuel 6, 11 leemos que el arca estuvo con Obed-edom por tres meses.

2 Samuel 6, 11: “Y estuvo el arca del Señor en casa de Obed-edom geteo tres meses…”.

En Lucas 1, 56 leemos que María estuvo con Isabel aproximadamente tres meses, y hay más.

Lucas 1, 56: “Y se quedó María con ella como tres meses, y se regresó a su casa”.

En Apocalipsis 11, 19 leemos que el arca de su pacto fue vista, y en el siguiente versículo, Apocalipsis 12, 1, leemos una descripción de una mujer.

Apocalipsis 11, 19- “Entonces el templo de Dios en el cielo fue abierto y el arca de su pacto fue vista dentro de su templo...”.

Apocalipsis 12, 1- “Y una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol...”.

La certeza bíblica de que María es el Arca de la Nueva Alianza se confirma también por el paralelo entre Éxodo 40, 35 y Lucas 1, 35. 

Lucas 1, 35: “El ángel respondió: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra  [ἐπισκιάσει]. Así que el niño que nacerá será santo y será llamado Hijo de Dios”.

Éxodo 40, 35: "Y Moisés no pudo entrar en el tabernáculo del testimonio [donde estaba el Arca], porque la nube lo cubrió [επεσκιαζεν] y el tabernáculo se llenó de la gloria del Señor”.

La presencia de Dios cubrió el Arca en el Antiguo Testamento, así como el Altísimo cubrirá a María con su sombra.  El mismo verbo griego ἐπισκιάζω se utiliza en ambos versículos, es decir, en el griego de Lucas 1, 35 y en las traducciones griegas de Éxodo 40, 35, la Septuaginta, para describir cómo Dios viene sobre las respectivas arcas de la Alianza.  María es el Arca de la Nueva Alianza.  No hay absolutamente ninguna duda al respecto.

El hecho de que María, que contenía al propio Dios, es el Arca de la Nueva Alianza, fue reconocido por numerosos padres de la Iglesia, incluyendo a San Atanasio - un individuo que muchos protestantes dirían reconocer como un importante cristiano primitivo. 

San Atanasio, Homilía del Papiro de Turín, siglo IV..: “Oh, noble Virgen, verdaderamente eres más grande que cualquier otra grandeza. Porque ¿quién es tu igual en grandeza, oh morada de Dios Palabra? ¿Con quién de todas las criaturas te compararé, oh, Virgen?  Eres más grande que todas ellas, oh, (Arca de la) Alianza, ¡vestida de pureza en lugar de oro!  Tú eres el Arca en la que se encuentra el recipiente de oro que contiene el verdadero maná, es decir, la carne en la que reside la Divinidad”.  [Solo texto]

El hecho de que María sea el Arca de la Nueva Alianza nos habla bastante de ella.  El Arca de la Antigua Alianza era la cosa más santa de la Tierra fuera del propio Dios.  Leemos en 2 Samuel 6 que Dios mató a Ozá por tocarla. 

2 Samuel 6, 5-7- “Y David y toda la casa de Israel celebraban delante del Señor con cánticos y liras y arpas y panderetas y castañuelas y címbalos. Y cuando llegaron a la era de Nacón, Ozá extendió su mano al arca de Dios y la tomó, pues los bueyes tropezaron. Y la ira del Señor se encendió contra Ozá y Dios lo golpeó allí por su error y murió allí junto al arca de Dios”.

Con respecto a este evento, el protestante R.C. Sproul declaró:

RC Sproul, La Santidad de Dios, p. 107: “Ozá asumió que su mano estaba menos contaminada que la Tierra [...] Dios no quería que su trono sagrado fuera tocado por lo que estaba contaminado por el mal...”.

El comentario de Sproul ilustra muy bien por qué María, de quien el Hijo de Dios tomó su humanidad, tenía que ser preservada de toda mancha de pecado original.  Así como el Arca de la Antigua Alianza fue construida para ser santa y hecha del más puro oro, María, el Arca de la Nueva Alianza, tuvo que ser creada en un estado de impecabilidad y perfección.  El Arca de la Antigua Alianza también tenía un tremendo poder sobre el diablo y sobre los enemigos de Dios para ayudar al pueblo de Dios, tal como lo hace María. 

1 Samuel 5, 2-4: “Y los filisteos tomaron el arca de Dios y la trajeron al templo de Dagón y la pusieron junto a Dagón. Y cuando los azoteños se levantaron temprano al día siguiente, he aquí que Dagón estaba tendido en tierra delante del arca del Señor; y tomaron a Dagón, y lo volvieron a poner en su lugar. Y al día siguiente, cuando se levantaron por la mañana, encontraron a Dagón tendido sobre su rostro en la tierra delante del arca del Señor: y la cabeza de Dagón y las dos palmas de sus manos estaban cortadas en el umbral”.

1 Samuel 5, 10: “Y cuando el arca de Dios llegó a Acarón, los acaronitas gritaron, diciendo: Han traído el arca del Dios de Israel a nosotros, para matarnos a nosotros y a nuestro pueblo”.

En Colosenses 2, 9 leemos que en Jesucristo habita corporalmente toda la plenitud de la deidad.

Colosenses 2, 9: “Porque en él [Jesucristo] habita corporalmente toda la plenitud de la deidad”.

En Mateo 1, 20 leemos que María concibió a Jesucristo por el Espíritu Santo.  Lucas 1, 31 nos informa que la concepción por el Espíritu Santo estaba en su vientre.  Estaba en su carne. 

Mateo 1, 20: “... lo que en ella es concebido es por el Espíritu Santo”.

Lucas 1, 31: “Y he aquí que concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús…”.

Considerando lo que la Biblia enseña sobre la santidad de Dios - y lo que hemos visto sobre la santidad del Arca de la Antigua Alianza, que acompañó su presencia espiritual en el Antiguo Testamento - ¿es más razonable creer que el Espíritu Santo concibió la humanidad del Hijo Todopoderoso de Dios en carne en un vientre herido y manchado por el pecado original o en un vientre preservado de él?  Por supuesto que esta última es la respuesta. 

En Éxodo 33, Dios dijo que no se quedaría con Israel porque su pecaminosidad le exigiría consumirlos o matarlos si lo hacía.  Por esa razón se quedó solo con el Arca. 

Éxodo 33, 3-5: “Sube a una tierra que mana leche y miel; pero yo no subiré entre vosotros, no sea que os consuma en el camino, porque sois un pueblo de cuello duro [...] Porque el Señor había dicho a Moisés: Di al pueblo de Israel: ‘Sois un pueblo de dura cerviz; si por un momento subiera entre vosotros, os consumiría’”.

¿Tiene algún sentido que Dios, que es tan santo, se encarne y habite en el vientre de una mujer manchada por el pecado original, que fue afligida por los movimientos de la concupiscencia?  No, no tiene sentido.  Además, Efesios 2, 3, refiriéndose al pecado original, nos dice que las personas son por naturaleza hijos de la ira.  ¿Habría elegido Dios tomar su carne y habitar en el vientre de una mujer que era, por naturaleza, una hija de la ira?  No tendría ningún sentido.  Y si María no tenía la culpa del pecado original en su alma en el momento en que el Hijo de Dios se hizo hombre en su vientre, como hemos demostrado en Lucas 1, 28 y como la lógica sobre su santidad nos lleva a concluir; ¿por qué no la habría preservado simplemente de la mancha del pecado original desde el principio? Lo haría y lo hizo.  Lo que estamos viendo aquí es que los protestantes que rechazan la impecabilidad de María, e incluso la atacan, lo hacen porque no entienden las Escrituras y no reconocen la santidad de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.  Su resistencia a la verdad sobre María proviene en realidad de su fracaso en creer en la verdad sobre Jesús.  Sus sublimes prerrogativas fueron necesarias por su dignidad.  La agració de esta manera para que fuera un recipiente digno para su encarnación, considerando que ella tendría una conexión física con Él que nadie más tendría.

Lucas 1, 28 registra las palabras del ángel a María como: Χαῖρε, κεχαριτωμένη (khaire, kekharitomeni).  Como hemos visto, eso significa Salve o Regocíjate, oh, agraciada.  El perfecto participio pasivo κεχαριτωμένη (kekharitomeni) está en el caso vocativo.  El caso vocativo se usa para dirigirse directamente a una persona. 

κεχαριτωμένη (kekharitomeni) - un perfecto participio pasivo en el caso vocativo

Χαῖρε, κεχαριτωμένη (Khaire, kekharitomeni) “Salve, oh, agraciada” -Lucas 1, 28

Domine, exaudi orationem meam...

Oh, Señor, escucha mi oración...

* Domine (oh, Señor) es el caso/forma vocativa de la palabra latina Dominus (Señor)

En latín, por ejemplo, se utiliza Domine, la forma vocativa de Dominus (que significa Señor), para dirigirse directamente y con respeto al Señor.  Lucas 1, 28 tiene κεχαριτωμένη (kekharitomeni), un participio en el caso vocativo, porque el ángel se dirigía directamente a María con el nombre de "Oh, agraciada".  La estaba llamando, Oh, agraciada.  En el uso semítico y hebreo, el nombre de una persona frecuentemente significaba el carácter, la esencia o la realidad de una persona.  María es llamada por el nombre de "Oh, agraciada”, porque fue singularmente agraciada, con los beneficios de la redención del Nuevo Testamento por adelantado, de una manera que nadie más lo fue. De hecho, tal como el ángel le dice a María Χαῖρε, κεχαριτωμένη (kekharitomeni), Salve, oh, agraciada, en tres evangelios diferentes leemos que los soldados que se burlaron de Jesús usaron la misma palabra, Χαῖρε, cuando dijeron:

Salve, Rey de los Judíos.

Χαῖρε ὁ Βασιλεὺς τῶν Ἰουδαίων

-Juan 19, 3; Mateo 27, 29; Marcos 15, 18

Usaron Χαῖρε (Khaire), antes de dirigirse a él por su verdadero título, el Rey de los Judíos, así como el Ángel usó Χαῖρε antes de llamar a María por su verdadero título, Oh, agraciada.

Además, el tiempo perfecto en griego significa una acción que fue completada en el pasado, pero que tiene un resultado perdurable en el presente.  Así que, cuando el ángel vino a ver a María y la llamó, Oh, agraciada, el perfecto participio pasivo κεχαριτωμένη (kekharitomeni) significa que María ya había estado en ese estado de gracia.  Eso refuta aún más a los protestantes que afirman que κεχαριτωμένη (kekharitomeni), Oh, agraciada, solo se refiere al hecho de que fue bendecida al dar a luz al Hijo de Dios.  Sabemos que eso está mal no solo por la conexión con Ef. 1, 6, como hemos demostrado, donde el verbo charito significa específicamente el acto de aplicar los beneficios de la redención a una persona, sino que también sabemos que está mal por el hecho de que Lucas 1, 31 y Lucas 1, 35, ambos en este mismo contexto, describen la concepción de Jesucristo en el vientre de María como un evento futuro.  "concebirás en tu vientre", "el Espíritu Santo vendrá sobre ti", "el Altísimo te cubrirá con su sombra". 

Lucas 1:28

"Oh, la que ha sido agraciada"

"Oh, la agraciada"

κεχαριτωμένη

κεχαριτωμένη - un perfecto participio pasivo que indica una acción completada en el pasado con un resultado perdurable en el presente.

Lucas 1, 31: “Y he aquí que concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús”.

Lucas 1, 35: “El ángel respondió: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Así que el niño que nacerá será santo y será llamado Hijo de Dios”.

Fíjese en el empleo del tiempo futuro. La concepción de Cristo en el vientre de María, por lo tanto, no había ocurrido en Lucas 1, 28.  Sin embargo, en ese versículo se describe como si ya hubiera sido agraciada - una acción que ocurrió en el pasado y tuvo un resultado perdurable en el presente.  Por lo tanto, hay una clara distinción entre con lo que María fue agraciada y la concepción de Jesucristo en su vientre.  Y, como hemos demostrado, con lo que ella fue agraciada fue con una aplicación avanzada de los beneficios de la redención y una completa liberación del pecado.  Por supuesto, la razón por la que recibió ese acto avanzado de gracia fue que ella daría a luz al Hijo de Dios en el futuro, pero hay una distinción entre el acto de gracia del que ya se estaba beneficiando cuando el ángel llegó por primera vez y la futura concepción de Cristo en su vientre.

Además, aquí es extremadamente interesante considerar de nuevo Génesis 3, 15 y la profecía sobre la simiente de la mujer.  Como hemos cubierto, la simiente de la mujer se refiere a la concepción de Jesucristo en el vientre de la Virgen María, así como el triunfo sobre la serpiente. 

Génesis 3, 6- "Y viendo la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era una delicia para los ojos, y que el árbol era deseable para hacer uno sabio, tomó de su fruto y comió, y también dio un poco a su marido que estaba con ella, y él comió”.

Génesis 3, 15- “Y pondré enemistad [hostilidad/división/oposición] entre ti [la serpiente] y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; Él te herirá en la cabeza…”.

Así que en el mismo capítulo que registra la caída del hombre en el pecado original, Génesis 3, Dios hace una profecía sobre la simiente de la mujer que no estará bajo el dominio de la serpiente.  Su simiente triunfará sobre la serpiente y estará una oposición a ella.  Eso indica que la simiente de la mujer profetizada no será corrompida por lo que la serpiente infligió a la simiente del resto de la humanidad.  Si la simiente de la mujer no está corrompida por la serpiente y es distinta de la simiente de la serpiente, eso prueba que María fue preservada del pecado original desde el momento de su concepción.  Aquí está el porqué.

Como hemos demostrado, si alguien es concebido en pecado original pero luego es perdonado de él, queda una corrupción en la carne de esa persona: corrupción que es el resultado de haber sido concebido en pecado original, por haber sido concebido bajo el dominio de la serpiente.  Esa corrupción en la carne, como hemos visto, se llama concupiscencia o inclinación al pecado.  Es lo que San Pablo se refirió como otra ley en sus miembros.  Es un castigo por haber sido concebido en pecado original, por haber recibido la simiente corrupta de Adán.  Es el resultado de la victoria de la serpiente sobre Adán. 

Pero consideren que la simiente de la mujer está indicada para ser dominante sobre la serpiente.  Por lo tanto, la serpiente no corrompe la simiente de la mujer.  Noten que la simiente pertenece a la mujer.  Es su simiente.  La simiente se refiere a lo que está en la carne de la mujer y lo que sale de su carne.  Por lo tanto, la serpiente no corrompe a la carne de la mujer profetizada.  Ese no sería el caso si María hubiera sido concebida en pecado original y luego perdonada en una etapa temprana de su vida.  Solo podría ser cierto si María, la mujer profetizada, fuera agraciada con la preservación de toda mancha de pecado original desde el momento de su concepción y su creación, y por lo tanto preservada incluso de contraer concupiscencia y las deficiencias en la carne que inclinaban al pecado, que son resultado de la victoria de la serpiente.

De ahí que en la profecía de Génesis 3, 15 la Biblia indique que el estado de gracia de María, un estado que conocemos por el perfecto participio pasivo κεχαριτωμένη (kekharitomeni) en Lucas 1, 28, existía antes de que llegara el ángel y antes de que Cristo fuera concebido en su vientre, y se extendió hasta su misma concepción.  De modo que su carne y su alma cuando fueron formadas fueron preservadas del pecado original y de todas las marcas de sujeción a la serpiente.

Además, el entendimiento de la profecía de Génesis 3, 15 acerca de cómo la mujer profetizada y su simiente estarán en oposición a la serpiente, y serán distintas de la simiente de la serpiente, nos da la clave para entender la enseñanza de Romanos sobre la universalidad del pecado original en este sentido.

Romanos 5, 18: “Por lo tanto, como una sola transgresión resulta en la condenación de todos los hombres, así un acto de justicia resulta en la justificación de la vida para todos los hombres”.

Sí, el pecado original se contrae universalmente con la excepción de la mujer profetizada y su simiente, Jesucristo, cuyas excepciones se indican adecuadamente en el mismo capítulo de la Biblia que registra la caída de la humanidad en el pecado original, el capítulo 3 del Génesis.  ¿No tiene sentido?  En otras palabras, en el mismo lugar donde la Biblia registra el pecado original y especifica los castigos de Adán y Eva, y predice la simiente de la serpiente, también establece y marca excepciones en el caso de la mujer profetizada y el Redentor que sale de ella.

Génesis 3, 17: “Y a Adán le dijo: Por cuanto has escuchado la voz de tu mujer y has comido del árbol del que te mandé, no comerás de él, maldita sea la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida”.

Gálatas 4, 3-5: “De la misma manera nosotros también, cuando éramos niños, estábamos esclavizados a los principios elementales del mundo. Pero cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción como hijos”.

También por eso Gálatas 4, 4 dice "Pero cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer".  Noten que, en el contexto de mencionar la redención del mundo por parte del Hijo en la plenitud de los tiempos, San Pablo no dice que Dios envió a su hijo nacido de María.  Dice que Dios envió a su hijo nacido de mujer.  Se hace referencia a María como mujer en la descripción de la redención de Cristo en la plenitud de los tiempos, más que por su propio nombre María, porque es la mujer mencionada en la profecía de Génesis 3, 15 sobre la simiente de la mujer y el triunfo sobre la serpiente.

Además, en Efesios 2, 16 leemos que Cristo reconcilia tanto a judíos como a gentiles con Dios en un solo cuerpo.

Efesios 2, 15-16: “... para que [Cristo] creara en sí mismo un solo hombre nuevo en lugar de los dos, haciendo así la paz, y nos reconciliara a ambos con Dios en un solo cuerpo a través de la cruz, matando así la hostilidad”.

Cuando una persona se reconcilia con Dios, se transfiere del estado pecaminoso de Adán al estado de gracia a través de la aplicación de la redención del Nuevo Testamento a su alma.  El Nuevo Testamento enseña que esta reconciliación o transferencia del estado de pecado al estado de gracia, que es el resultado de recibir la redención del Nuevo Testamento, ocurre en el único cuerpo de Cristo, su Iglesia.  Pero como hemos mostrado, María fue agraciada con los beneficios de la redención del Nuevo Testamento por adelantado, antes de que el cuerpo místico de Cristo, su Iglesia, se formara, y antes de que su cuerpo humano fuera concebido en su vientre.  María fue agraciada con la redención del Nuevo Testamento antes de que el eterno Hijo Todopoderoso de Dios se hiciera carne y, por lo tanto, antes de que hubiera un cuerpo de Cristo en el cual reconciliarse o ser transferido del estado de pecado.  El hecho de que ella fue agraciada con la redención del Nuevo Testamento antes de la formación de su cuerpo es consistente con el hecho de que ella no fue reconciliada o transferida del pecado a la gracia, como lo son los verdaderos creyentes después de la resurrección a través de su cuerpo.  Más bien fue agraciada con la preservación del pecado, no con la reconciliación, lo que es consistente con su papel único y su manera única y avanzada de ser agraciada.  Haber sido agraciada es lo que la caracterizó desde el primer momento de su vida como fue apropiado para la Nueva Eva, la nueva Arca y la Madre de Dios.

Además, aquí es importante refutar una objeción. 

Romanos 1, 1-3: “Pablo, un siervo de Cristo Jesús, llamado a ser un apóstol, apartado para el evangelio de Dios, que prometió de antemano por medio de sus profetas en las Sagradas Escrituras, acerca de su Hijo, que fue hecho de la descendencia de David según la carne”.

Romanos 1, 3 dice que Jesús es la simiente de David.  Dado que la simiente que pertenece a David es su simiente, algunos podrían preguntarse: ¿significa eso que David fue concebido sin el pecado original? 

La respuesta, por supuesto, es no.  Como es el caso de tantas otras falacias y hombres de paja que los protestantes presentan con frecuencia, la refutación de esta objeción se encuentra simplemente considerando el contexto de los respectivos pasajes.  El contexto, como a menudo lo hace, proporciona la pista.

El hecho de que Jesús sea la simiente de David no significa que David haya sido concebido sin el pecado original, porque el contexto de Romanos 1, 3, y versículos similares, es que Jesús es la simiente de David según la carne.  Jesús es verdaderamente la simiente de David porque fue un verdadero descendiente de él en su humanidad.  Sí, Jesús fue verdaderamente un hombre además de ser Dios.  Tenía un verdadero ADN humano y una verdadera naturaleza humana, además de una naturaleza divina que siempre existió.  Es una persona divina, el Hijo de Dios, con dos naturalezas.  Pero el contexto de la profecía de Génesis 3:15, como hemos visto, no se trata simplemente del descenso de la verdadera naturaleza humana a través de la simiente, sino más bien de una profecía sobre la unión espiritual o la oposición a la serpiente como resultado del pecado original, un pecado que se transmite a través de la simiente humana en el acto de origen o generación.  Por cierto, esa es una de las razones por las que el pecado original es llamado original.  Se transmite al niño a través de la simiente en el acto de origen o generación. 

Así que, de nuevo, el contexto de Génesis 3, 15 es una profecía sobre la unión espiritual de la simiente con la serpiente o la oposición a ella como resultado del pecado original.  En esa profecía sobre si la simiente del hombre se unirá espiritualmente a la serpiente como resultado del pecado original de Adán, resultado de haber heredado la simiente corrupta de Adán  bajo el dominio de la serpiente, la mujer profetizada, María, y su simiente, Jesús, se indican como las excepciones, aquellas que se oponen a la serpiente.

También es muy interesante notar que mientras oh, agraciada es una traducción literal de κεχαριτωμένη, "llena de gracia" es también una traducción exacta, como reconocen numerosos protestantes. 

A.T. Robertson: “κεχαριτωμένη [...] Participio pasivo perfecto de χαριτῶ y significa dotado de gracia, enriquecido con la gracia como en Efesios 1, 6 [...] La Vulgata gratia plena [llena de gracia] es correcta, si significa llena de gracia que has recibido...”. (Imágenes del Nuevo Testamento sobre Lucas 1, 28)

William Hendriksen sobre Lucas 1, 28: “Aquí la versión latina de Jerónimo (la Vulgata) lee gratia plena, llena de gracia, no es una mala traducción [...] El verdadero sentido es, ‘Estás llena de la gracia que has recibido [...] eres en un sentido único una persona divinamente favorecida’. El contexto inmediatamente siguiente prueba que esta interpretación es correcta, ya que el ángel agrega: ‘El Señor está contigo’”. (Comentario del Nuevo Testamento - Lucas, p. 85, 1978, Baker Book House)

William Tyndale (1494-1536) tradujo Lucas 1, 28 como “llena de gracia”. 

El protestante inglés Thomas Cranmer (1489-1556) también tradujo el pasaje como “llena de gracia”.

De hecho, "llena de gracia" en realidad captura el corazón del significado de κεχαριτωμένη (kekharitomeni).  Eso es porque en Efesios 1, 7, que es una descripción más detallada del efecto del acto de gracia de Efesios 1, 6, leemos que los beneficios de la redención se dan “según las riquezas de su gracia”.  La palabra griega para "riquezas" o riqueza en Ef. 1, 7 es πλοῦτος (plutos).  Plutos y sus cognados se remontan a una raíz común que significa "llenar o ser llenado".   El erudito bíblico protestante Harold Hoehner dice esto sobre los plutos en Ef 1, 7: "Básicamente viene de la idea de 'lleno, llenado'".

“El sustantivo πλοῦτος [...] básicamente viene de la idea de ‘lleno, llenado’ [...] y por lo tanto desde el período clásico hasta el NT significa tener abundancia, riquezas, o riqueza”. (p. 209)

Bueno, hemos demostrado que hay una conexión directa, como incluso los protestantes admiten, entre el acto de gracia descrito en Efesios 1, 5-7 y Lucas 1, 28.  El efecto del acto de gracia de Ef. 1, 5-7, a través del cual uno recibe los beneficios de la redención como la regeneración, es que la persona recibe un ploutos - una riqueza o una plenitud de gracia. 

No es un accidente, por lo tanto, que la Iglesia católica, la única y verdadera Iglesia de Cristo, fuera de la cual no hay salvación, haya llamado correctamente a María llena de gracia.  Dios condujo a su Iglesia a hacerlo porque el título comunica perfectamente lo que sucede cuando la redención del Nuevo Testamento, y la completa libertad del pecado que proporciona se aplica a un alma; la persona recibe una plenitud de gracia.  María fue la receptora de esa plenitud de gracia de una manera única, singular y avanzada. 

Así que, de lo que la gente que tiene ojos para ver necesita darse cuenta es que no es solo una coincidencia que el verbo Charito solo se use dos veces en el Nuevo Testamento.  Dios se aseguró de que sucediera de esa manera.  Lo dispuso de manera que el verbo se usara una vez en Efesios 1, 6, para expresar cómo todos los demás - es decir, cómo todos los verdaderos creyentes, después de que Cristo vino, reciben los beneficios de la redención del Nuevo Testamento, por incorporación en su cuerpo - beneficios que incluyen la regeneración y el completo perdón de los pecados.  Y Dios se aseguró de que el verbo se usara solo una vez más, en referencia a una persona específica - la única persona que fue agraciada con esos beneficios por adelantado, de una manera que nadie más lo fue.  Los recibió antes de la Resurrección, e incluso antes de que el Hijo de Dios se hiciera hombre en su vientre.  De hecho, ella ya estaba en posesión de ellos cuando el ángel llegó.  

Por lo tanto, es absolutamente cierto decir que el Nuevo Testamento señala la manera en que Dios redimió a María.  Está la forma en que todos los demás son redimidos, y luego está la forma en que Dios redimió a María.

El Nuevo Testamento señala la manera en que fue redimida porque la palabra de Dios nos dice, exactamente como su verdadera Iglesia enseña, que María fue singular y únicamente agraciada con los beneficios de la redención del Nuevo Testamento y una completa libertad del pecado por adelantado.

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